Familia
¿Celebración o profanación?

Si la institución matrimonial es la más devaluada en el orden profano, el sacramento del matrimonio es el más profanado en el ámbito religioso.
Siendo, como es, un sacramento de la fe, cuando ésta falta, la celebración se ve estropeada por parte de la concurrencia ocasional y de los mismos contrayentes con la complicidad, entendida o padecida, de quien la preside.
Particularidad de este sacramento es unir el mundo de la naturaleza y el mundo de la gracia. Lo que es institución humana universal es elevado por Cristo al orden misterioso de la vida de Dios: «El amor divino que los trae ante el altar», reza el ritual. Es, por eso, el matrimonio un gran misterio que significa y actualiza la unión amorosa de Cristo con su Iglesia. Esto exige del matrimonio una celebración precisa y cuidada, porque afecta el orden natural de la sociedad y la esencia misma de la comunidad de fe, pues la Iglesia celebra lo que cree.
El sacramento del matrimonio ha sido enriquecido de manera significativa, a partir del concilio Vaticano II, tanto en el ámbito doctrinal como en el celebrativo, aspectos que suelen desconocerse por la comunidad católica y civil. El papa Benedicto XVI lo recordaba en el estadio de Berlín a sus paisanos cuando, explicando la alegoría de la vid y los sarmientos, decía que «algunos, al mirar a la Iglesia, se quedan sólo con la apariencia exterior», y así brota «la insatisfacción y el desencanto si no se realizan las propias ideas superficiales y erróneas acerca de la Iglesia y los ideales que sobre ella se tiene». En palabras caseras, cada uno quiere a la Iglesia a su tamaño y medida: pigmea.
Si esto se afirma del misterio de la Iglesia en general, de manera particular se padece en la celebración del sacramento del matrimonio donde lo secular y profano ha entrado lanza en ristre desmereciendo su grandeza y estropeando su esplendor. La procesión de entrada se convierte en desfile de modas; el canto procesional en marcha nupcial; el acceso suplicante a la presencia de Dios en un espectáculo de salón para tomarse la foto; la entrega de los símbolos matrimoniales se acompaña con una desbordada algarabía; los cantos litúrgicos y la música religiosa desaparecen para dar paso a la balada sentimental y al ritmo de moda y el templo parroquial -casarse es siempre un acto comunitario- se pretende sustituir por capillas privadas, jardines o albercas donde los invitados de circunstancia puedan anticipar el festín.
La vid es Cristo y nosotros sólo los sarmientos. La Iglesia alimenta a sus hijos con la vida de Cristo, no con sustitutos chatarra. En el sacramento del matrimonio se celebra el desposorio de Cristo con su Iglesia, que fueron «bodas de sangre» porque su amor lo llevó a entregar la vida por ella. Es un amor crucificado. Esto es lo que celebra la Iglesia y lo que ofrece a sus hijos que quieren casarse según Dios.
+ Mario De Gasperín Gasperín, VII Obispo de Queretaro.