“Laissez faire, laissez passer”

Alrededor del mundo y con un amplio patrocinio de gobiernos y organismos internacionales, la promoción del aborto y la homosexualidad se han vuelto sinónimo de progresismo, tolerancia y modernidad.
Al amparo del oscuro y confuso lenguaje de las “Grandes” conferencias internacionales como El Cairo, Beijín y Yogyakarta los sectores, supuestamente, más progresistas de las sociedades occidentales iniciaron una carrera desbocada hacia la realización del experimento social más grande y tenebroso de la historia del género humano: la redefinición del ser y de sus relaciones en comunidad.
Primero pretendieron convertir el vulgar asesinato llamado aborto en un derecho, estableciendo que el ser humano no nacido en un objeto descartable, como todo en las sociedades modernas.
Luego, las argollas iluminadas del poder, acuñaron la duda sobre la sexualidad del ser humano, estableciendo que no es lo fue desde la Creación, Hombre y Mujer, sino más bien una “construcción social” y por tanto modificable en su esencia a gusto y antojo de cualquiera.
En El Salvador la corriente de “modernismo” se ha visto interrumpida por la fe de un pueblo mayoritariamente cristiano, que encuentra en su religión explicaciones claras ante los absurdos que se le plantean y eso no les gusta a algunos, casi podríamos decir que les duele y lo mismo pasa en muchos países del planeta sean estos cristianos, judíos, islámicos, etc.
A pesar de las enormes sumas de dinero que los promotores del caos se gastan en campañas publicitarias y patrocinios a organismos no gubernamentales, sus trastornados conceptos no ha podido alterar la forma de pensar de las inmensas mayorías que tienen muy en claro que es bueno y que no lo es.
Siendo que el horizonte moral de muchos proviene de la Fe y del Credo que profesa, la necesidad de callarlos es un objetivo elemental, primario y urgente de esta confabulación y acá, en El Salvador, la primera vos por silenciar es la de las Iglesias Cristianas y especialmente la Católica.
Cada vez que alguien tiene la osadía de hablar contra el fementido modernismo del planteamiento inmoral y caótico que pretenden acuñar como legítimo, surgen los gritos histéricos que denuncian violaciones a los derechos fundamentales y palabras como retrogrado, anticuado u homofóbico sirven como etiquetas intimidatorias.
“Dejar hacer, dejar pasar” fue el lema de los liberalistas y ahora es retomado por muchas personas que, en el ánimo de evitar la confrontación pública, prefieren esconder sus creencias, su fe y sus convicciones antes que defenderlas. Otros más pretenden hacer el ojo pacho a la realidad por conveniencias políticas o económicas, en el entender que los valores morales no son una herramienta efectiva de venta para las supuestas masas enardecidas por el discurso agitador de los activistas a sueldo.
Afortunadamente para nuestra sociedad, muchos no estamos dispuestos a callar y para desconcierto de algunos, los que se suman a la defensa de los valores morales son cada día más; será porque no buscamos cargos públicos ni tenemos compromisos con fuentes de financiamiento o simplemente porque estamos orgullosos de la Fe que profesamos.
Defender los valores en los que creemos no es atacar a nadie. No necesitamos de la confrontación pero no le tememos. No vivimos de discutir pero no le negaremos su tiempo a hacerlo porque creemos que lo que hacemos vale la pena y estamos seguros que sobre la base de los argumentos morales, legítimos e inmutables, podremos construir una mejor sociedad para nuestros hijos y nietos.
No dejaremos hacer, ni dejaremos pasar nada, contra nuestros principios porque la Verdad que esgrimimos procede de Dios y el único compromiso que tenemos es con Él y con nuestras conciencias.
Si en el camino algunos se dan por ofendidos será porque les duele que se les recuerde que solo un nombre tiene el mal: “DEJAR HACER, DEJAR PASAR”.
Adelante que la lucha apenas comienza y de la entereza con que la afrontemos depende el futuro de nuestra sociedad.
Juntos y de la Mano de Dios triunfaremos sobre el mal.
Saludos y Bendiciones a cada uno.
Héctor Menjívar
